32. La Verdad Enterrada
El silencio entre Javier y yo es como un abismo. Nos separa, pero al mismo tiempo nos une en un mismo temor: Lena está en peligro, y yo no sé en quién confiar.
—Empieza a hablar —digo, mi voz es apenas un susurro cargado de furia contenida.
Javier exhala, su mirada perdida en el vaso de whisky que aún sostiene.
—No es fácil de explicar —admite—, pero sé que no tengo mucho tiempo. No lo tenemos.
Aprieto la mandíbula.
—Entonces ve al grano. ¿Quién la está siguiendo? ¿Qué mierda tiene que ver esto