36. La voz del laberinto
Mis puños atraviesan el aire. Golpean nada. O algo. No lo sé. Todo se ha vuelto una espiral de oscuridad y jadeos. Siento que caigo sin caer. Que corro sin moverme. Que grito… y nadie me escucha.
Hasta que algo cambia.
Un zumbido sutil. Como electricidad atravesando los huesos. Y entonces, la luz vuelve.
Estoy solo.
El túnel ya no es un túnel. Ahora es un pasillo interminable, con paredes de espejos agrietados. Y en cada reflejo, una versión rota de mí. Más joven. Más vieja. Más destruida.