En el laboratorio, oculto dentro de un cuarto de máxima seguridad reforzado con acero, Derek observaba con el ceño fruncido al hombre atado a la silla, que se agitaba como un animal rabioso, con espuma en la boca y los ojos más vacíos que el alma de su padre.
—¿Qué carajos le pasa? ¿Quién es este desquiciado? —preguntó Derek, sin apartar la mirada del sujeto.
A su lado, Lioran, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos, respondió con frialdad:
—Es el encargado de mantenimiento y control. O