Ella gemía bajito, casi como un secreto. Pero él lo escuchaba todo. Lo sentía todo.
Y él tampoco se quedaba atrás: sus manos le apretaban las nalgas con ansia, pegándola contra su cuerpo.
De pronto, sin pedir permiso, la levantó con desesperación, y ella lo rodeó por la cintura como si hubiera nacido para estar ahí.
Scarlet era su droga. Su condena. Su delirio.
La necesitaba más que al aire.
La deseaba más que a la libertad.
Ella rompió el beso.
—Ese acuerdo que tenemos… debemos romperlo. No pu