El chantaje del monstruo.
Dos días después, Scarlet no se había movido ni un milímetro de la sala de descanso que quedaba justo al lado de cuidados intensivos, donde su madre yacía entre tubos y aparatos.
Estaba pálida, con ojeras que parecían tatuadas con tinta negra y una expresión perdida que no había cambiado desde que llegó. Derek la observaba desde una esquina, destrozado. Su lunita no comía, no dormía… y lo que más lo asustaba era que ya no hablaba casi nada.
—Cariño —intentó una vez más con voz suave, arrodillán