Tengamos un bebé.

En la mansión del supremo.

Con el rostro empapado en sudor y un fino hilo de sangre bajándole por el surco de la nariz, Derek retiró por fin sus dedos de las sienes de Scarlet.

Ella abrió los ojos despacio, parpadeando como si la luz del día, le clavara cuchillos, y lo encontró sentado junto a ella en el sofá, con la manga de su bata de seda arremangada. Intentaba limpiar la sangre con gestos torpemente desesperados, como si cada movimiento le costara un mundo.

—¿Qué te pasó? ¿Por qué sangras?
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