Sellada a su nombre.
—Mi intención es dejarte sin sentido, cielo —le respondió entre lamidas, con la boca aún llena de su piel.
La ayudó a levantar la cadera, guiándola con el cuidado de quien acomoda una reliquia preciosa… justo antes de hundirse en ella con la suavidad de un veneno dulce. Su glande chocó contra su entrada, y Scarlet abrió la boca en un jadeo desesperado.
Ese hombre, ese gigantesco lobo de carne, estaba allí, sobre ella, sin aplastarla… y aun así, ella se sentía como una mariposa bajo un volcán.
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