Perra vengadora.
Claudia empujó a la mensajera sin ningún miramiento y salió como un huracán hormonal por el pasillo, con los tacones sonando como disparos.
Localizó a Leo en segundos y, sin decir ni agua va, lo agarró por la solapa de la bata y lo arrastró directo al baño de hombres.
—¡Claudia, estás loca! —protestó él, tratando de no tropezar con la tapa del inodoro.
—¡Sí, estoy loca, loca de celos! —exclamó ella, temblando de rabia—. Sabía que ayudarte iba a provocar esto. ¡Pero Leo, te amo! ¡Y no soporto oí