¡Claro que te amo! ... Maldito imbécil
Scarlet lo empujó con fuerza, con la misma expresión que uno pone al encontrar una cucaracha en su taza de té.
Leo, sin leer la expresión ni su cara de “te escupo en la frente”, intentó acariciarle la mejilla, pero ella giró la cabeza con frialdad quirúrgica.
—Nena, debes parar —le advirtió con voz de patriarca trasnochado—. Mañana es nuestra boda.
Scarlet quería escupirle. Literalmente. Pero justo cuando su garganta se preparaba para una descarga ácida, una idea maliciosa cruzó su mente como u