Lunita atrevida.
Arqueó la espalda con violencia cuando él volvió a pellizcar sus pezones, como un verdugo y un amante al mismo tiempo.
—Claro que puedo… —susurró él, con esa voz de trueno que estremecía—. Porque eres mía. Y voy a adorarte hasta que descubras lo mucho que puedes soportar… y lo mucho que puedes gozar.
Ella entrecerró los ojos, tramando algo, y deseó tener aceite en las manos. En cuanto lo pensó, sintió que sus palmas estaban resbaladizas. Una sonrisa lenta, descarada, apareció en su boca.
—Donde