El fuego que no apaga.
—¿Hijo? ¿En serio… encontraste a tu luna? —preguntó Ana con la emoción como si le acabaran de anunciar que iba a ser abuela.
Derek tragó saliva, respiró hondo y activó su don para disimular lo que bullía dentro de él como lava en un volcán a punto de estallar.
Negó con la cabeza, con un gesto tan frío y controlado que habría engañado a cualquiera… excepto, quizás, a su madre.
Pero no podía decirle la verdad. No aún. Ella compartía un lazo tan profundo con su padre, que si se lo confesaba, era