Decisión de la luna.
Al día siguiente, soñolienta, Scarlet sintió unos dedos suaves peinándole los mechones rebeldes.
—Derek… —murmuró, con voz tierna y medio dormida.
—Scarlet, soy mamá —la voz de Ester sonó divertida—. Si tanto extrañas a tu esposo, ve a buscarlo.
Scarlet abrió los ojos de golpe y se incorporó, viendo a su madre sonreír traviesa.
—¡Mamá, no te burles! —protestó, abrazándola como una niña pequeña.
Desde que Derek había llegado a sus vidas, Scarlet sentía que su madre era otra: más dulce, más cerca