El pacto que habían sellado en el café no trajo paz, solo una ansiedad administrada. Elsa había
intentado, con un esfuerzo casi cómico, reavivar la llama con Leo. Había comprado lencería nueva (la misma que Damián había imaginado en el coche), había encendido velas en el salón y había tomado la iniciativa en la cama. La respuesta de Leo fue siempre la misma: un beso rápido en la frente, un murmullo sobre un borrador de presupuesto, y la espalda girada hacia ella.
Leo no notaba la ausencia de s