La mañana que siguió a la tregua helada amaneció con una falsa calma. Elsa se levantó con la resolución de que el silencio era su única arma.
Leo se fue a trabajar, y ella, vestida para la oficina y armada con su disciplina de hierro, se dedicó por completo a sus tareas. Salió de casa con una confianza renovada en su capacidad para ignorar a Damián y dedicarse a la vida que había elegido.
Había pasado la mañana inmersa entre documentos, agendas y números, forzando a su mente a operar solo en e