La cena con Leo era un oasis de normalidad. Se sentaron en el restaurante italiano que a Elsa le gustaba, un lugar cálido con el aroma familiar del ajo y la albahaca. Elsa se obligó a estar presente. Por un momento olvidó a Damián y la carta y los dejó en el compartimento de la culpa, se permitió revivir el amor que sentía por Leo: un amor sólido, tranquilo, que no exigía sino que construía.
Conversaron sobre el trabajo, sobre su hogar y, por un momento, se sintieron como la pareja estable que