42. Nadie vendrá aquí.
Ferrer me lanza una mirada de odio, pero asiente. Lo tomo del brazo y lo empujo hacia la salida, con el arma apuntando a su espalda. Los guardias no hacen ningún movimiento, intimidados por el caos inesperado de la situación. No es así como esperaban que terminara la noche.
—Nos volveremos a ver, Valeria —la voz de Vicente me sigue mientras salimos del almacén, tan fría como el acero—. Esto no ha terminado.
—Eso espero —le respondo, sin mirarlo—. Porque la próxima vez, no seré tan misericordios