165. Ahora somos libres.
El sol apenas comienza a despuntar en el horizonte cuando me alejo de esa casa, sintiendo el frío en la piel, pero sobre todo en el corazón. El peso de la noche anterior sigue aplastándome, pero sigo caminando. No sé hacia dónde, solo sé que no puedo quedarme ahí, en ese lugar que se ha convertido en un cementerio de todo lo que solía ser.
La vida sigue, como siempre, con o sin Vicente. Pero para mí, la vida dejó de tener sentido en el momento en que su pecho dejó de moverse bajo mis manos.
Sig