85.
La noche en Jakarta parecía contener la respiración, como si la ciudad supiera que algo estaba a punto de romperse y aún no sabía si sería un desastre o un renacimiento. Después del beso en el balcón, ese beso que había sido demasiado sincero para negarlo y demasiado inevitable para fingir sorpresa, Gavin no dijo nada más. Tampoco yo. Ambos nos quedamos quietos, unidos por un silencio que no era incómodo, sino casi… necesario.
Pero la calma nunca dura en mi vida. Ni en la suya.
Al día siguiente