El silencio que quedó después de aquella jornada no era vacío.
Era un silencio cargado de significado.
Me quedé de pie frente al ventanal de mi despacho, observando cómo la ciudad comenzaba a encender sus luces una a una, como si Yakarta respirara con calma después de contener el aliento durante semanas. El reflejo de mi propia silueta en el vidrio me devolvió una imagen distinta a la de meses atrás. No más duda en los hombros, no más miedo constante a equivocarme. Seguía cansada, sí, pero era un cansancio limpio. Honesto.
Había ganado tiempo.
Había ganado control.
Y, sobre todo, había recuperado algo que casi pierdo: autoridad sobre mi propia vida.
El sonido suave de la puerta al abrirse me sacó de mis pensamientos.
—Sigues aquí —dijo Gavin, con esa voz tranquila que siempre parecía llegar cuando más la necesitaba.
No me giré de inmediato. Sonreí apenas, sin darme cuenta.
—Quería disfrutar cinco minutos de silencio antes de que vuelva el caos —respondí—. Es un lujo últimamente.
Gavin