El silencio que quedó después de aquella jornada no era vacío.
Era un silencio cargado de significado.
Me quedé de pie frente al ventanal de mi despacho, observando cómo la ciudad comenzaba a encender sus luces una a una, como si Yakarta respirara con calma después de contener el aliento durante semanas. El reflejo de mi propia silueta en el vidrio me devolvió una imagen distinta a la de meses atrás. No más duda en los hombros, no más miedo constante a equivocarme. Seguía cansada, sí, pero era