84.

La habitación quedó en silencio después de aquellas palabras, como si incluso udara malam di Jakarta hubiera decidido contener la respiración. Gavin me observaba con una mezcla de determinación y algo más suave, más vulnerable… algo que rara vez mostraba a cualquiera. Tal vez porque no tenía que fingir nada conmigo. Tal vez porque, al final de todo, habíamos llegado a un punto donde no existía más armadura que la verdad.

Me levanté del sofá, estirando ligeramente mis brazos cansados, sintiendo la tensión de las últimas cuarenta y ocho horas aún alojada entre mis omóplatos. Gavin me siguió con la mirada, pero no dijo nada. Sabía que yo necesitaba caminar unos segundos, ordenar mis pensamientos, dejar que mi respiración encontrara su ritmo antes de enfrentar lo que venía después.

Porque lo que venía después… era lo que realmente daba miedo.

No Valente.

No Alexander.

No la junta.

No el mercado.

Sino esto.

Nosotros.

—Mil —dijo Gavin finalmente, rompiendo el silencio, su voz grave llenando
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