—Pensé que ya te habías olvidado de mí —dije con una suavidad que, sin embargo, llevaba escondida una espinita de sarcasmo—. Últimamente eres más difícil de contactar que el presidente de un país.
Hubo un leve silencio al otro lado de la línea. Entonces, la voz de Gavin llegó por fin, grave, cansada, pero extrañamente cálida, como siempre.
—Camila… —pronunció mi nombre como si lo hubiera esperado decir desde hacía días—. Lo siento. De verdad, lo siento. No he parado ni un solo minuto. Reuniones