—Pensé que ya te habías olvidado de mí —dije con una suavidad que, sin embargo, llevaba escondida una espinita de sarcasmo—. Últimamente eres más difícil de contactar que el presidente de un país.
Hubo un leve silencio al otro lado de la línea. Entonces, la voz de Gavin llegó por fin, grave, cansada, pero extrañamente cálida, como siempre.
—Camila… —pronunció mi nombre como si lo hubiera esperado decir desde hacía días—. Lo siento. De verdad, lo siento. No he parado ni un solo minuto. Reuniones, negociaciones, problemas que saltan cada dos horas… y además…
Se detuvo. Y su pausa me cortó la respiración. Odiaba cuando hacía eso. Cuando parecía que iba a decir algo importante… y no lo decía.
—Además… ¿qué? —pregunté, intentando sonar firme.
—Además de extrañarte.
Me quedé muda unos segundos. Ojalá mi orgullo hubiera reaccionado más rápido, pero por un instante mi pecho se aflojó, como si alguien hubiera abierto una ventana en medio del encierro.
—No bromees conmigo, Gavin. No ahora —murm