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La noche cayó más rápido de lo que imaginé. El cielo se fue apagando lentamente mientras las luces de la ciudad encendían una por una, como testigos silenciosos de algo inevitable. Yo me encontraba sentada en la sala cuando escuché el timbre.

Mi corazón, por supuesto, decidió correr más rápido que mi mente.

Mateo estaba dormido. Vina en. La casa estaba tranquila.

Caminé hacia la puerta. La abrí.

Y ahí estaba él.

Gavin.

Su figura alta, su abrigo oscuro, el cansancio visible en sus ojos pero también esa determinación inquebrantable que siempre lo acompañaba. Me miró como si hubiera estado esperándome durante meses.

—Hola.

Ese “hola” simple… Dios, cómo podía tener tanto peso.

—Pasa —dije suavemente.

Entró. Se quitó el abrigo. Caminó hacia la sala como quien regresa a un lugar que conoce demasiado bien, pero que ya no le pertenece.

Nos sentamos frente a frente. El aire estaba cargado. Yo crucé las manos sobre mis rodillas para evitar demostrar que estaban temblando ligeramente.

—Cuéntame
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