La oficina de Alexander estaba en silencio, ese tipo de silencio cargado que solo existe después de que todos se han ido. Olivia había entrado buscando un informe de costos que él le había prometido—o más bien, que su asistente le había prometido en su nombre—y que necesitaba con urgencia para la reunión con los contratistas de Boston a primera hora del día siguiente.
No estaba allí.
Suspiró, pasándose una mano por el pelo. Era típico. Alexander llevaba días siendo un espectro eficiente pero inalcanzable, y sus promesas, incluso las profesionales, parecían evaporarse en el aire gélido que ahora existía entre ellos.
Su escritorio, como siempre, era una isla de orden implacable. Ningún papel fuera de lugar, solo la laptop cerrada, un elegante reloj de escritorio y… su teléfono.
Olivia lo vio de reojo. Un iPhone negro, discreto, apoyado al lado del ratón. La pantalla estaba apagada.
Ella no era una fisgona. De verdad que no. Había crecido con un respeto casi reverencial por la privacidad