La sala de juntas del piso 58 estaba en silencio absoluto. Olivia Vance permanecía de pie frente a la pantalla gigante, sus gráficos perfectamente alineados mostrando el éxito rotundo del proyecto de Boston. Los números eran impecables. El proyecto, su bebé, era un triunfo.
Alexander Vance estaba sentado a la cabecera de la mesa, sus dedos entrelazados, su rostro una máscara impenetrable. A su derecha, como siempre, Isabella Rossi.
"Los resultados son excepcionales", dijo Alexander, su voz care