La noche del viaje a París cayó sobre Nueva York como un manto pesado. Alexander había partido en el jet privado con Isabella horas antes. Olivia lo había visto marcharse desde la ventana de su oficina. Él ni siquiera la había llamado para despedirse.
Las 36 horas que siguieron fueron una tortura. Olivia trabajó en modo automático, pero su mente estaba a 5,000 kilómetros de distancia. En un restaurante parisino, quizás. En una sala de juntas donde solo habría dos sillas. En el pasado reviviéndo