La oficina estaba casi vacía. Era tarde. Olivia había perdido la noción del tiempo. Después de la reunión con la jerga italiana, necesitaba ponerse al día. Necesitaba sentir que controlaba algo.
Su mente repetía las palabras. Gatto nascosto. La sonrisa de Alexander. La facilidad. Ese momento de complicidad del que había sido excluida.
Sebastian se detuvo en el marco de la puerta. Apoyó un hombro contra él. Llevaba el traje impecable, la corbata ligeramente desanudada. Una sonrisa burlona en los labios.
—Trabajando hasta tarde, cuñada —dijo, su voz un hilo de seda envenenada. —¿Alexander te tiene esclavizada?
Olivia no levantó la vista de la pantalla.
—Estoy terminando algo. ¿Necesitas algo, Sebastian?
Él entró sin pedir permiso. Se sentó en el borde de su escritorio, demasiado cerca. Olivia retrocedió instintivamente en su silla.
—Solo pasaba por aquí. Vi la luz encendida. Pensé en saludar —hizo una pausa, observándola. —Pareces… tensa. ¿Problemas en el paraíso europeo?
—Todo va según