La propuesta de Rossi Ventures llegó dos días después de la visita de Isabella. Un sobre de lino grueso, con el logotipo discreto de su firma. Olivia lo sostuvo un momento, sintiendo el peso del papel y de todo lo que representaba.
Alexander la convocó a su oficina. Ella entró con el documento, consciente de la solemnidad del momento. Él estaba junto al ventanal, su silueta recortada contra el cielo gris de Nueva York. Al oírla, se volvió. Sus ojos fueron directamente al sobre.
—¿Llegó? —preguntó, su voz neutra.
—Sí —respondió Olivia, cerrando la puerta tras de sí.
—Siéntate.
Ella tomó asiento frente al imponente escritorio de ébano. Pero Alexander no ocupó su trono ejecutivo. En su lugar, se sentó en la butaca a su lado, a su misma altura. Un gesto pequeño pero significativo. Una nivelación deliberada.
—Ábrelo —indicó.
Olivia rompió el sello con cuidado. Cien páginas de análisis meticuloso, proyecciones financieras, planes de implementación. Incluía no solo el Palazzo Brignole, sino