La ausencia de Alexander era un fantasma tangible que habitaba cada rincón del ático. Dos días habían pasado desde su partida a Italia, y para Olivia, cada hora era un peso muerto que arrastraba consigo. El silencio, que antes era incómodo, se había transformado en una presencia opresiva. Los ruidos cotidianos—el zumbido lejano del ascensor, el tintineo del sistema de climatización—sonaban estridentes en el vacío que él había dejado.
Trabajaba desde el estudio, rodeada por sus cosas, esperando