La semana que Alexander pasó en Génova fue una tortura autoinfligida. Cada mañana se despertaba en la suite de su hotel con el rostro de Olivia grabado en la mente, seguido por el eco de sus acusaciones. "¿Fue real?" La pregunta le quemaba por dentro, mezclada con una rabia sorda hacia sí mismo. ¿Cómo había permitido que las cosas llegaran a ese punto? ¿Cómo había bajado tanto la guardia para que ella, la única persona a la que había mostrado su verdadero yo, pudiera dudar de él de esa manera?