El mundo de Alexander era solo la niña. Sus rizos oscuros. Sus ojos grises. Su concentración infantil. Cada detalle lo clavaba más al banco. No podía apartar la mirada. Era imposible. Y era innegable.
Su mente hacía cálculos. Fechas. Meses. Dos años atrás. Milán. El único momento real. El único error verdadero. O el único acierto. Las matemáticas eran despiadadas. No dejaban espacio para la duda. La conclusión era un golpe en el pecho.
Él tenía una hija.
La idea era un monstruo. Enorme. Devasta