El sonido de su nombre no llegó como una palabra. Llegó como un impacto.
Un golpe de aire frío en la nuca. Un eco que venía desde el fondo de un pozo muy profundo. Un sonido arrastrado por el viento, cargado de dos años de silencio.
¿Olivia?
Olivia dejó de respirar.
Sus dedos, que acariciaban el pelo de Emma, se congelaron. Cada músculo de su cuerpo se tensó de golpe. Se transformó en una estatua de alerta maternal. Una barrera humana rígida y lista.
Esa voz.
Era áspera. Desgastada. Rasgada por