La mañana de la junta amaneció con una luz gris y decidida que se filtraba entre las pesadas cortinas de terciopelo de la suite de Olivia. Se vistió con movimientos precisos, casi ritualísticos. Cada prenda era una pieza de su armadura: la camisa de seda blanca, impecable; el traje pantalón gris perla, cortado con una severidad elegante que hablaba de autoridad, no de decoración; los tacones bajos, lo suficientemente altos para imponer presencia, pero no para comprometer su estabilidad. Al obse