El silencio que siguió a la declaración de Olivia fue tan denso que pareció absorber todo el sonido de la ciudad que se vislumbraba tras los ventanales. Doce pares de ojos la escrutaban, midiendo la dimensión del desafío que acababa de lanzar sobre la pulida superficie de caoba. La viuda Pembrooke, con sus manos delicadas entrelazadas sobre la mesa, mantenía una expresión inescrutable, pero sus ojos, vivos e inteligentes, no se despegaban de Olivia.
Fue Henderson, el hombre al que Alexander hab