Mateo llegó a la casa de Esperanza sin sospechar nada.
Traía una botella de vino bajo el brazo y la idea vaga de que iba a escuchar “algo importante”, pero no imaginaba la magnitud de lo que estaba por caerle encima. Cuando Alma abrió la puerta y lo abrazó con fuerza, supo que no era una charla más.
—Gracias por venir —dijo ella, con una sonrisa cansada, sus ojos reflejaban el peso de una tristeza enorme, decepción y dolor contenido—. De verdad.
Se sentaron los tres en el living. Esperanza sirv