Tomás volvió a casa entrada la noche.
El auto de Alma estaba estacionado afuera y eso le dio una falsa seguridad. Pensó que todo seguía siendo parte del mismo juego, de ese silencio que —según Laura— no era más que un llamado de atención. Antes de entrar, pasó por una florería abierta de madrugada. Compró un ramo sencillo y, casi por impulso, un peluche pequeño, uno de esos que se regalan cuando no se sabe bien qué decir.
La puerta de la habitación de Alma estaba cerrada.
Golpeó una vez.
Nada.