Alma empacó en silencio.
No hubo portazos, ni gritos, ni escenas dramáticas.
Solo el sonido de las perchas deslizándose, de los cajones que se abrían y cerraban, de una vida entera reduciéndose a cajas prolijamente ordenadas.
Esperanza estaba allí, sentada en el borde de la cama, sosteniendo una taza de café que ya se había enfriado.
—No tenés que llevarte todo —dijo con suavidad—. Solo lo que te represente ahora.
Alma asintió, no quería nada en realidad, todo representaba su vida ficticia con