La gala anual de los Beltrán desbordaba elegancia. El salón principal estaba iluminado con arañas de cristal, las mesas vestidas con manteles impecables y cada rincón parecía cuidadosamente diseñado para reflejar poder, prestigio y perfección. Era una noche de beneficencia, sí, pero también de exposición. Allí no solo se donaba dinero: se medían influencias, se sellaban alianzas y se construían reputaciones.
Tomás llegó acompañado de Laura.
No hubo necesidad de anuncios. Su entrada bastó para q