El silencio que abraza

Alma se quedó sola en el living, con las luces bajas y el eco de la discusión todavía suspendido en el aire. Cuando la puerta se cerró tras Tomás, ya no pudo sostenerse más. Se sentó en el borde del sillón y rompió en llanto, primero contenido, luego profundo, de esos que sacuden el cuerpo entero y dejan la respiración desordenada.

No escuchó los pasos.

Mateo apareció sin anunciarse. Se detuvo al verla así, encogida sobre sí misma, y sintió una punzada seca en el pecho. No dijo nada. No hizo preguntas. Simplemente se acercó y la rodeó con los brazos.

Alma se aferró a él como si lo conociera desde siempre.

En ese abrazo hubo algo extraño, una familiaridad imposible de explicar. No era solo consuelo; era reconocimiento. Como si sus cuerpos recordaran algo que sus mentes no podían nombrar. Por un instante, ambos sintieron que se habían encontrado antes, en otro tiempo, en otra vida quizá. La sensación fue tan intensa como silenciosa.

Mateo cerró los ojos.

El el fondo él sabia que la amaba. Lo había sabido desde hacía tiempo, quizás desde el primer momento en que la vio. No de una manera impetuosa ni urgente, sino con una certeza serena y dolorosa. Sabía también que ese amor no le pertenecía, que Alma había elegido a su hermano y que él debía mantenerse al margen. Siempre lo había hecho. Pero verla sufrir por Tomás le despertaba una impotencia feroz. Más que desearla para sí, deseaba verla feliz, en paz, sin dudas que la desvelaran.

Alma fue calmándose poco a poco.

—No entiendo por qué me afecta tanto —dijo al fin, con la voz rota—. No quise acusar a nadie… solo quería comprender.

Mateo no la soltó.

—A veces, cuando uno hace preguntas honestas, los demás escuchan reproches —respondió con suavidad—. No es culpa tuya.

Ella respiró hondo y le contó todo: la conversación con Laura, la reacción de Tomás, la sensación de haber dicho algo indebido, de haber cruzado un límite invisible.

Mateo la escuchó con atención, sin interrumpirla.

—Alma —dijo cuando terminó—, Tomás tenía apenas veinte años cuando nació Esteban. Seria muy extraño que sea su padre. Además, Laura estaba profundamente enamorada de su esposo. Se notaba. Él era un hombre encantador, generoso… quiso mucho a Tomás, casi como a un hijo. Por eso ese vínculo. No hay nada más oscuro ahí, te lo aseguro.

Ella lo miró, buscando verdad en sus ojos, Mateo puso en palabras aquello que Laura y Tomás sin decirlo lo dejaron escapar. 

—Perdón, si lo que dije, si todo esto te generó dudas —continuó—, No fue mi intención. No te mereces cargar con algo así. Y Tomás… —esbozó una media sonrisa— a veces es un idiota, pero jamás querría hacerte sentir de esta manera, mentirte así, no sería él.

Alma negó con la cabeza.

—No fue eso —dijo—. Entiendo por qué reaccionaron así. Después de tantos años rodeados de rumores, habladurias, que alguien pregunte tanto debe dar que pensar. Creo que yo también me pondría a la defensiva.

Se separó un poco, secándose las lágrimas.

—Voy a hablar con ellos —añadió—. Voy a disculparme. Y con lo de ser madre… voy a ser más paciente. Soy joven, tengo tiempo. Hace unos años ni siquiera pensaba en eso, al contrario siempre pensé que primero iba a consolidar mi carrera, mi propia empresa y después, quizás, pasados los treinta, formar una familia, pero bueno a decir verdad desde que conoci a tu hermano todo lo que planee fue transformandose de forma vertiginosa.

Sonrió con cierta timidez.

—Creo que lo que me asusta es la estabilidad —confesó—. Como si, al estar todo bien, faltara emoción. Tal vez Tomás tenga razón. Hay mucho tiempo por delante.

Mateo asintió, aliviado de verla más tranquila, aunque una parte de él sabía que esas palabras no borraban del todo la inquietud.

—Sea como sea —dijo—, no estás sola.

Desde ese día, algo cambió entre ellos. Sin gestos grandilocuentes ni promesas, Alma y Mateo comenzaron a acercarse de otra manera. Se volvieron confidentes, aliados silenciosos. Compartían charlas largas, risas suaves, silencios cómodos.

Una amistad profunda, sincera.

Y aunque ninguno lo dijera en voz alta, ambos sabían que ese vínculo recién comenzaba a ocupar un lugar imposible de ignorar.

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