Mundo ficciónIniciar sesiónDesde el encuentro con Esteban, algo dentro de Alma no volvió a acomodarse del todo.
No era una sospecha concreta, ni un pensamiento claro. Era más bien una inquietud persistente, una sensación difusa que se colaba en los silencios y la acompañaba incluso en los momentos más rutinarios. Los ojos del niño, la broma de Mateo, la naturalidad con la que Tomás comenzó a hablar de él… el porqué ella no había sabido antes de su existencia, parecía ser un secreto. ¿Por qué Tomás parecía tan cómodo con participar de la vida de Esteban como un padre, pero no así de tener hijos propios con la mujer que decía amar?.
Alma buscaba respuestas y decidió empezar por Laura.
La encontró en su oficina, revisando unos informes. Levantó la vista al verla entrar y, por un segundo, su expresión se tensó, aunque enseguida volvió a su gesto profesional.
—¿Necesita algo? —preguntó.
—Quería hacerte una pregunta —dijo, Alma, con cuidado—. Sobre Esteban… y sobre Tomás.
Laura apoyó la lapicera.
—¿Qué pasa con ellos?
—Nada malo —aclaro enseguida—. Solo… me llamó la atención el vínculo que tienen. Tomás está muy presente en su vida. Me preguntaba cómo empezó todo.
El silencio se volvió espeso.
—Tomás siempre fue así —respondió ella, con un tono más duro—. Empático. Protector. No entiendo por qué eso debería ser un problema.
—No lo es —insiste—. Solo me sorprende que quiera ocupar ese lugar y, en cambio, no quiera tener hijos propios.
Laura te observó con una mezcla de alerta y fastidio.
—¿Eso te lo dijo él o es una interpretación tuya?
—Hablamos algo al respecto —contestó Alma como ahogándose con las palabras—. Yo solo intento entender.
Laura se levantó bruscamente de la silla, nerviosa como intentando huir.
—Mira —dijo tratando de ocultar su fastidio—, Esteban perdió a su padre siendo un bebé. Tomás estuvo ahí porque pudo, además creo que se sintió identificado, si bien él era algo mayor cuando murió su padre, sabe lo que es crecer sin uno. No hay nada más que eso.
—No quise insinuar...—
—Eso espero —interrumpió—. Porque cualquier otra lectura sería injusta.
Cuando Alma salió de la oficina, sintió que algo se había quebrado. No solo no habías obtenido respuestas, sino además una resistencia que no esperaba, lo cual solo despertó más inquietudes en ella. Y algo, incluso antes de que ocurriera, le insinuó que Laura hablaría con Tomás.
No se equivocó.
Esa misma noche, Tomás la buscó en el living. Estaba serio, con los hombros tensos.
—Laura me contó que estuviste haciéndole preguntas —dijo sin rodeos.
—Sí —respondiste—. Y quería hablarlo también contigo.
—¿Sobre qué exactamente?
Respiro hondo.
—Sobre Esteban. Sobre por qué con él sí… y conmigo no.
Tomás frunció el ceño.
—Eso no es justo.
—No te estoy acusando de nada —dijo notablemente conmovida—. Solo quiero entender por qué estás dispuesto a ejercer un rol paternal con un niño que no es tu hijo, pero no querés ser padre conmigo.
—Esteban me necesita —respondió, elevando un poco la voz—. No es lo mismo.
—¿Y yo no? —pregunto, sin dureza, pero con un nudo en la garganta.
Tomás caminó unos pasos, visiblemente molesto.
—Esto suena a reproche —dijo—. Y peor aún, suena a desconfianza hacia Laura.
—No es eso —insistió—. Nunca fue eso.
—Entonces, ¿qué es? —preguntó—. Porque parece que estás buscando algo que no existe.
Las palabras la golpearon.
—Estoy buscando tranquilidad —respondió—. Y en lugar de eso, siento que cada pregunta que hago te pone más a la defensiva.
Tomás la miró, herido.
—Confío en Laura —dijo—. Me acompañó cuando nadie más lo hizo. No voy a permitir que se ponga en duda su integridad con sospechas infundadas y rumores absurdos.
—Tomás, estás equivocado, yo no estoy insinuando nada de lo que estás pensando—dijo Alma, ya con la voz quebrada—. Pero tampoco siento que me estés escuchando.
El silencio volvió a instalarse, esta vez más pesado.
—Creo que estás exagerando —concluyó él—. Y me duele que esto venga de tí.
Se fue antes de que Alma pudiera responder.
Ella se hundió en su soledad, con más preguntas que antes, con una sensación de haber cruzado una frontera invisible. No quería acusar a nadie, solo entender. Pero algo en las reacciones de ambos —la defensa inmediata, la tensión, la incomodidad— la dejó más inquieta que cualquier rumor.
Esa noche, mientras intentaba dormir, comprendió que ya no era solo el deseo de ser madre lo que te perturbaba.
Era la certeza de que había temas que no podían nombrarse sin provocar una tormenta. Y eso, más que cualquier respuesta, fue lo que le quitó la calma.







