Mundo ficciónIniciar sesiónEra una tarde de domingo sofocante. El calor parecía haberse detenido sobre la mansión Beltrán, envolviéndolo todo en una quietud espesa, apenas interrumpida por el canto de las chicharras. En el amplio patio trasero, la familia se refugiaba a la sombra de un roble antiguo y majestuoso, cuyas ramas extendidas parecían protegerlos del sol inclemente.
Sobre una mesa baja descansaban jarras de limonada helada. Las rodajas de limón flotaban lentamente, y el hielo tintineaba cada vez que alguien servía un vaso.
Alma observaba a los gemelos de Julia correr descalzos sobre el césped, persiguiéndose entre risas, cayendo y volviendo a levantarse sin miedo. Había algo hipnótico en esa escena, algo que la llevaba lejos, a un lugar donde las preguntas parecían más simples.
—Es agradable que pasen tiempo con nosotros —dijo Julia, sacándola de sus pensamientos—. Entre sus viajes a Luminaria y el trabajo, casi no nos vemos.
Alma sonrió.
—Sí, es verdad.
—Es importante que estemos juntos —continuó Julia—. Así, cuando ustedes tengan hijos, podrán jugar con los gemelos.
Alma bajó la mirada apenas.
—Tomás y yo estamos esperando para eso —respondió—. Ya lo hablamos.
—¿Esperando qué? —preguntó Clara, apoyando el vaso en la mesa.
—Estar preparados… tener estabilidad —contestó Alma.
Clara soltó una carcajada espontánea.
—Pienso que nunca se está preparado —dijo—. ¿Y qué más estabilidad esperan que tener una parte del gran patrimonio de la familia Beltrán? Ese Tomás pone excusas, terrible.
Alma sonrió con esfuerzo, pero la tristeza se le coló en los ojos.
Julia lo notó de inmediato y se apresuró a intervenir.
—Alma es muy joven —dijo con suavidad—. Hablo desde mi experiencia. Ser madre joven no es fácil, sobre todo cuando estás en la cima de tu carrera. Hay que posponer muchos proyectos… y quizás ahora no sea el momento. Es comprensible.
Clara asintió, más reflexiva.
—Es cierto. Además, en esta época es normal esperar hasta después de los treinta. Disfruten. Bastante tenemos con ellos dos —agregó bromeando y señalando a los gemelos, que en ese momento rodaban por el pasto, riendo a carcajadas.
Alma agradeció en silencio el giro de la conversación.
—¿Todos ustedes eran tan traviesos como los gemelos en su infancia? —preguntó—. Siempre me dio curiosidad.
La pregunta abrió una compuerta.
Las anécdotas comenzaron a fluir: travesuras, castigos, juegos interminables en ese mismo patio. Las risas se mezclaron con recuerdos compartidos, y el ambiente se volvió liviano.
Fue entonces cuando Mateo tomó la palabra.
Contó una historia de su adolescencia, una travesura descomunal que había terminado con él cubierto de barro, perseguido por el jardinero y escondido en el roble bajo el que ahora estaban sentados. La forma en que lo relató, exagerando gestos y pausas, hizo que Alma riera sin control, hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas.
En ese instante apareció Tomás.
Se detuvo al verlos, observando la escena: Alma riendo, Mateo gesticulando, la complicidad evidente. Su expresión se tensó apenas, un gesto breve, casi imperceptible.
Clara fue la primera en notarlo.
—Tranquilo, Tomás —bromeó—. No te estamos robando a tu esposa.
—Sí —agregó Julia—. Solo estamos recordando lo insoportables que eran tus hermanos.
Las risas generales suavizaron el momento. Alma, absorta todavía en la conversación, no pareció notar el cambio de humor de su esposo.
Pero esa noche, cuando el silencio se instaló en la habitación, Tomás habló.
—Te noté rara hoy —dijo, con un tono que mezclaba molestia e inseguridad.
—¿Rara? —preguntó Alma, sorprendida.
—Muy cercana a Mateo —respondió él—. Como si… no sé, de repente son muy cercanos, espero que esto no tenga que ver con Laura.
Alma lo miró, incrédula.
—¿Estás diciendo en serio? —preguntó.
—Solo digo que últimamente estás distinta. De pronto tu y Mateo parecen íntimos amigos, si haces esto para tratar de darme celos o llamar mi intención, solo quedas como una fácil.
—Tomás, estás loco —respondió ella, herida propinándole una cachetada—. Mateo es como el hermano que nunca tuve.
La humillación le coloreó las mejillas.
—No puedo creer que pienses eso de mí —añadió—. Después de todo lo que hablamos.
Tomás no respondió, se quedó en un silencio sepulcral, sus ojos se tornaron oscuros como ocultando un odio que era difícil de contener. Se levantó, tomó una almohada y salió de la habitación.
Esa noche durmió en la habitación de huéspedes.
Alma se quedó sola, mirando el techo en la oscuridad. Las palabras de Tomás le resonaban una y otra vez, como un eco injusto. Lloró en silencio hasta que el cansancio la venció.
Bajo el mismo techo, la distancia entre ambos parecía más grande que nunca.







