Era una tarde de domingo sofocante. El calor parecía haberse detenido sobre la mansión Beltrán, envolviéndolo todo en una quietud espesa, apenas interrumpida por el canto de las chicharras. En el amplio patio trasero, la familia se refugiaba a la sombra de un roble antiguo y majestuoso, cuyas ramas extendidas parecían protegerlos del sol inclemente.
Sobre una mesa baja descansaban jarras de limonada helada. Las rodajas de limón flotaban lentamente, y el hielo tintineaba cada vez que alguien ser