La fiesta seguía viva. Risas, música, copas que chocaban. Nadie parecía notar cómo Tomás y Alma se deslizaban nuevamente hacia el despacho, ni siquiera Laura, que no sospechaba lo que estaba sucediendo, ellos iban lento como si regresaran al único lugar donde el mundo podía detenerse.
Esta vez, Tomás caminaba distinto. Los hombros encorvados, las manos temblorosas. Ya no había seguridad ni estrategia: solo miedo, parecía tan pequeño y vulnerable.
Alma cerró la puerta detrás de ellos.
—Tomás, pu