El reflejo inesperado

El encuentro fue casual, casi insignificante en apariencia.

Alma caminaba por el jardín lateral de la empresa cuando escuchó una risa infantil, clara, despreocupada. Se giró por reflejo y lo vio: un niño sentado en el borde de una fuente, pateando suavemente el agua con las zapatillas puestas, mientras Laura hablaba por teléfono a pocos metros.

—Esteban —dijo ella, sin pensarlo—. Ten cuidado.

El niño levantó la vista.

Tenía unos diez años, el cabello castaño claro apenas desordenado y un rostro sereno, curioso. Sus ojos eran de un azul intenso, idénticos a los de Laura, pero había algo más… algo que descolocó a Alma. Una sensación inmediata, visceral, como si ese rostro le resultara extrañamente conocido.

Esteban la miró sin timidez.

—Hola —dijo, con una sonrisa abierta.

—Hola —respondió Alma, sorprendida por la calidez que le brotó en el pecho.

Laura colgó el teléfono y se acercó.

—Esteban, ella es Alma.

—¿La esposa de Tomás? —preguntó el niño, con naturalidad.

Alma asintió, divertida.

—Esa misma.

—Tomás dijo que eras muy bonita —dijo él—. Que siempre traes galletas ricas, Laura lo observó casi sin simpatía y Esteban agregó —Casi tan linda como mi mamá—. Y la abrazo con toda la fuerza que sus pequeños brazos se lo permitieron, Laura sonrió, con una sonrisa que Alma jamás había visto en su rostro y la invadió la sensación de estarse perdiendo emociones que nunca había experimentado.

Alma rió, pero la sensación no se disipó. Al contrario, se intensificó. Había algo en la forma en que el niño la observaba, en su expresión tranquila, que removía en ella un deseo profundo, casi doloroso.

Cuando Laura se llevó a Esteban para una reunión breve, Alma quedó inmóvil unos segundos, tratando de entender qué le pasaba.

—Impresiona, ¿no? —dijo una voz a su lado.

Era Mateo.

—Sí —respondió ella—. Es… especial.

Mateo sonrió, apoyándose contra una columna.

—Siempre digo lo mismo. Tiene algo muy familiar.

Alma lo miró, expectante.

—¿Sabes a quién se parece? —continuó él, con tono liviano—. A Tomás cuando era pequeño. Mucho. La misma expresión cuando se concentra.

El comentario cayó como una piedra en el agua.

—¿Cómo? —preguntó Alma, intentando que su voz no delatara la inquietud que le subía por el cuerpo.

Mateo se dio cuenta de inmediato.

—Eh, no malinterpretes —dijo enseguida—. Todos lo decimos. Pero conocemos al padre de Esteban. Laura quedó viuda cuando él era apenas un bebé. Un tipo correcto, tranquilo. Tomás lo apreciaba mucho.

Alma asintió, pero el nudo en el estómago no desapareció.

—Tomás siempre estuvo cerca de Esteban —continuó Mateo—. Supongo que porque sabe lo que es crecer sin padre. Nunca quiso reemplazar a nadie, solo… acompañar.

Caminaron unos pasos en silencio.

—Yo… —empezó Alma, dudando—. Hace poco hablé con Tomás sobre la idea de ser madre.

Mateo la miró con atención.

—¿Y?

—Dijo que no era el momento. Que mejor esperar. Yo misma descarté la idea… o eso creí —confesó—. Pero después de conocer a Esteban… volvió todo.

Mateo se detuvo.

—Tomás es un idiota —dijo sin vueltas.

Alma lo miró, sorprendida.

—Cualquiera sería afortunado de ser el padre de tus hijos —continuó—. Serían hermosos, igual que tú. Y más allá de eso… cualquiera sería afortunado de hacerte feliz.

Alma sonrió, conmovida, sin saber qué decir.

Mateo sostuvo la mirada apenas un segundo más de lo necesario. Sintió el corazón acelerarse, como si acabara de cruzar una línea invisible, y enseguida desvió la vista.

—Perdón —dijo, carraspeando—. A veces hablo de más.

—Gracias —respondió ella en voz baja—. De verdad.

Mientras Alma se alejaba, volvió a pensar en Esteban, en esos ojos azules que parecían reflejar algo del pasado… y quizás, sin saberlo aún, del futuro.

Y por primera vez, el deseo de ser madre dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una necesidad que ya no podía ignorar.

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