El encuentro fue casual, casi insignificante en apariencia.
Alma caminaba por el jardín lateral de la empresa cuando escuchó una risa infantil, clara, despreocupada. Se giró por reflejo y lo vio: un niño sentado en el borde de una fuente, pateando suavemente el agua con las zapatillas puestas, mientras Laura hablaba por teléfono a pocos metros.
—Esteban —dijo ella, sin pensarlo—. Ten cuidado.
El niño levantó la vista.
Tenía unos diez años, el cabello castaño claro apenas desordenado y un rostro