Alma llevaba varios minutos mirando el tragaluz.
La noche estaba despejada y las estrellas se recortaban nítidas, como si alguien hubiera decidido mostrarlas con especial claridad. Se apoyó una mano en el abdomen sin darse cuenta, un gesto casi instintivo, y dejó que el pensamiento terminara de tomar forma.
Quería ser madre.
No como una idea abstracta ni como un mandato ajeno, sino como un deseo propio, sereno, maduro. No había urgencia desesperada, pero sí una certeza nueva, silenciosa, que ha