Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlma llevaba varios minutos mirando el tragaluz.
La noche estaba despejada y las estrellas se recortaban nítidas, como si alguien hubiera decidido mostrarlas con especial claridad. Se apoyó una mano en el abdomen sin darse cuenta, un gesto casi instintivo, y dejó que el pensamiento terminara de tomar forma.
Quería ser madre.
No como una idea abstracta ni como un mandato ajeno, sino como un deseo propio, sereno, maduro. No había urgencia desesperada, pero sí una certeza nueva, silenciosa, que había ido creciendo con los años de estabilidad, de amor, de casa compartida.
Tomás salió del baño con el vapor aún aferrado a su piel y a sus abdominales marcados. El espejo había quedado empañado y el aroma del jabón flotaba en el aire como un rastro recién dejado. Se pasó la toalla por el cabello, distraído, y entonces la vio ahí, acostada en la cama, tan hermosa como siempre, pensativa.
Alma no dijo nada al principio. Lo observó con esa mezcla de costumbre y descubrimiento que todavía le provocaba un leve nudo en el pecho.
—Siempre sales con cara de haber pensado demasiado —comentó al fin, sonriendo.Tomás se encogió de hombros.
—Es el único lugar donde el silencio me gana —respondió, acercándose tumbandose a la cama junto a ella.Hablaron de cosas pequeñas: del día, de una llamada pendiente, de una tontería que los hizo reír. Pero debajo de las palabras había otra conversación, más lenta, hecha de miradas que se sostenían un segundo de más y de gestos que ya no necesitaban explicación. Alma paso su mano por sus abdominales, con un gesto casi automático, y sus dedos se demoraron apenas.
El cuarto parecía haberse encogido. El mundo, con sus ruidos y urgencias, quedó del otro lado de la puerta. Tomás apoyó la frente en la de ella; el calor de la ducha todavía lo acompañaba, mezclándose con el perfume familiar de Alma. No hubo prisa. Solo esa cercanía que se va volviendo inevitable. Se besaron apasionadamente como cada vez que estaban solos, sus cuerpos se conocian bien, sabian que les gustaba y como les gustaba, la atracción era inevitable, cada vez que estaban solos en ese cuarto no podian evitar dejarse llevar por el deseo mutuo, por las ganas, por la pasión que sentian.
Cuando se recostaron, fue como continuar una conversación empezada hace años. El contacto fue suave, conocido, lleno de una confianza que no necesita demostrarse. Las palabras se volvieron innecesarias. Afuera, la noche siguió su curso, ajena, mientras ellos se perdían en ese espacio íntimo que solo existe cuando dos personas se eligen una vez más.
Cuando terminaron el silencio volvio a envolver la habitación, Alma se sumio nuevamente en sus pensamientos, tenía esa mirada que bien conocia Tomás, como aquel que guarda un secreto.
—¿En qué piensas? —preguntó él, al notar su expresión.
—En nosotros —respondió Alma—. En lo que construimos… y en lo que podría venir.
Tomás se sentó a su lado, apoyando la espalda contra el respaldo de la cama.
—¿Te preocupa algo?
Alma respiró hondo. No quería que sonara como un reclamo.
—Estuve pensando en la idea de ser madre —dijo, despacio—. No ahora mismo, quizás. Pero empezar a pensarlo en serio.
Tomás no respondió de inmediato. Desvió la mirada hacia el ventanal, como si buscara ordenar las palabras.
—¿Ahora? Acabamos de hacerlo —bromeó en tono coqueto—. No sé si es el mejor momento.— Su voz sonó seria.
Alma lo miró.
—Llevamos años diciendo que “no es el momento” —respondió con suavidad—. La empresa está bien. Nosotros estamos bien.
Tomás pasó una mano por su cabello, un gesto que Alma ya conocía: era su forma de pensar bajo presión.
—Justamente por eso —dijo—. Todo está funcionando. Un hijo cambia todo. Tal vez deberíamos esperar un poco más.
—¿Esperar qué? —preguntó ella, sin elevar la voz—. ¿Más estabilidad? ¿Más tiempo? ¿Más certezas?
Tomás suspiró.
—Esperar a estar completamente listos.
Alma sonrió apenas, una sonrisa triste.
—Nunca se está completamente listo.
El silencio se instaló entre ellos, no incómodo, pero sí denso. Tomás tomó la mano de Alma.
—No digo que no —aclaró—. Digo que no todavía. Quiero poder darte todo. Quiero estar seguro de que nada nos falte.
Alma entrelazó sus dedos con los de él.
—No necesito que todo sea perfecto —dijo—. Necesito que lo pensemos juntos.
Tomás asintió, aunque su gesto no era del todo convencido.
—Démosle tiempo —propuso—. Un poco más.
Alma volvió la vista hacia el cielo. Las estrellas seguían ahí, pacientes, como si no entendieran de agendas ni de planes estratégicos.
—Está bien —dijo finalmente—. Esperamos.
Tomás se acercó y la besó en la frente.
—Gracias por entender.
Ella cerró los ojos. No estaba segura de haber entendido del todo, pero sí sabía que había dicho algo importante. Algo que ya no podía desdecirse.
Esa noche, mientras Tomás se dormía con rapidez, Alma permaneció despierta un rato más. Pensó en el tiempo, en el cuerpo, en los sueños que no siempre coinciden en el mismo calendario.
Y nuevamente, como en aquel primer encuentro, sintió que el futuro no estaba completamente alineado… solo levemente desplazado.
Lo suficiente como para hacerse notar.







