Mazatlán, en Guerrero, es un pueblo chico, de esos donde unas calles están pavimentadas y otras se llenan de arena y gravilla. Está pintado de tonos sepias, de día, en la tarde o de noche se ve igual. Los vecinos se conocen y salen, se prestan azúcar y se saludan mientras se encuentran en la calle.
Ahí está Mauricio, son casi de las seis de la tarde y empieza a atardecer, va bajando de su camioneta con Rogelio. Están frente a la puerta de una casa amplia, de solo un piso, donde vive la familia