Adriano se reclinó en el asiento, dobló una pierna y la colocó encima de la otra. Luego, durante un rato, se limitó a observarlo en silencio.
Angelo sostuvo su mirada, esperando lo que tenía que decir. Era difícil adivinar el rumbo que tomaría la conversación la ver la expresión imperturbable de su suegro.
—Me gustaría saber qué demonios está sucediendo —dijo Adriano con calma—. Mi hija está en casa y, aunque no me quejo de tenerla con nosotros —su madre y yo adoramos cuando nos visita—, parece