Después de más de diez horas viajando, se sentía demasiado bien respirar aire fresco y estirar las piernas. Lionetta salió a la terraza de la cabaña y se quedó sin aliento.
El aire estaba impregnado de sal, flores tropicales y libertad. Frente a ella, el mar se extendía en un azul infinito, perdiéndose más allá del horizonte. A lo lejos, otra isla recortaba su silueta sobre el cielo claro. Era imposible no sentirse pequeña y a la vez completamente viva en un lugar así. Un paraíso en la tierra.