La ciudad amanecía envuelta en un silencio espeso, como si el aire recordara algo que los humanos habían olvidado. Lena no había dormido. Caminaba por el departamento en penumbra con una taza de café entre las manos, observando cómo la primera luz del día se filtraba en líneas oblicuas sobre las paredes. Todo parecía igual: la mesa, los cuadros, el reloj inmóvil. Pero había una vibración nueva bajo la superficie, una especie de pulso contenido que no pertenecía al mundo de siempre.
Javier ya se