La mañana llegó, pero no trajo alivio.
Lena caminó hasta la oficina como si sus pies aún pertenecieran a otro tiempo. Cada paso resonaba con el eco del temblor que la habitaba desde la madrugada. El mundo seguía girando —autos, voces, luces intermitentes—, pero dentro de ella todo permanecía suspendido, detenido en un punto donde la memoria y la vigilia se confundían.
Había recordado. No un sueño, no una visión: un fragmento entero de algo que fue real. Algo que, hasta esa noche, había preferid