Elías llevaba demasiado tiempo encerrado en la oficina. Al principio, el resplandor azul de las pantallas le había parecido un refugio; ahora, era un interrogatorio sin pausa. La luz fría teñía las paredes de cristal con un tono mortecino que borraba la frontera entre la noche y el amanecer. Afuera, la ciudad seguía su curso: neones que palpitaban como arterias, semáforos intermitentes, un tráfico indiferente que no se detenía por nadie. Aquel ritmo ajeno contrastaba con la quietud enrarecida de
Luam Barcello
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