Elías llevaba demasiado tiempo encerrado en la oficina. Al principio, el resplandor azul de las pantallas le había parecido un refugio; ahora, era un interrogatorio sin pausa. La luz fría teñía las paredes de cristal con un tono mortecino que borraba la frontera entre la noche y el amanecer. Afuera, la ciudad seguía su curso: neones que palpitaban como arterias, semáforos intermitentes, un tráfico indiferente que no se detenía por nadie. Aquel ritmo ajeno contrastaba con la quietud enrarecida del interior, como si existieran dos mundos separados por el grosor de un vidrio.
Se frotó los ojos con el dorso de la mano, consciente del temblor que ya no conseguía disimular. No recordaba la última vez que había dormido más de dos horas seguidas. Había vasos vacíos desperdigados en la mesa, hojas con anotaciones crípticas, la camisa pegada por el sudor frío de las madrugadas sin tregua. Su reflejo en el ventanal era una sombra ojerosa, con la barba crecida y la mandíbula tensa. Un hombre al bo