El olor del café llenaba la cocina cuando Lena revisó el celular. Ana ya había escrito.
Ana: “¿Sobreviviste al día de ayer o te fuiste a vivir a Saturno definitivamente?”
Lena sonrió, a pesar del cansancio que le anclaba los músculos.
Lena: “Mitad Saturno, mitad oficina. Sobrevivo.”
Ana: “Uf, menos mal. Pensé que te habían abducido. Café pronto, ¿sí?”
Dudó antes de responder. Parte de ella quería aislarse; otra, temía que ese aislamiento la terminara por quebrar.
Lena: “Sí, pronto. Prometido.”
Fuera, el cielo tenía ese gris indeciso de las mañanas que no terminan de arrancar. Lena sostuvo la taza caliente entre las manos, como si pudiera rellenar con ella los huecos internos que ya no sabía nombrar.
Javier apareció poco después, despeinado, con la mirada aún atrapada en la frontera entre el sueño y el día. Se sentó frente a ella en silencio. Ese gesto, antes doméstico y tierno, ahora parecía marcar la distancia con más precisión que cualquier discusión.
Observó su rostro un instante, c